El Rey Lear

El Rey Lear

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GONERIL.—(A EDMUNDO.) En este caso, no sigáis adelante. Un temor pusilánime ha helado su corazón, impidiéndole atreverse a empresa alguna. No querrá dar oído a las injurias que lo ordenan venganza. Muy bien pudieran realizarse los votos que formábamos en el camino. Volved, Edmundo, al encuentro de mi hermano; apresurad la marcha de sus tropas, y poneos a su cabeza. Ya veo que he de hacer un trueque con mi marido; para él mi rueca, y para mí su espada. Si sabéis usarlo todo en servicio de vuestra fortuna, recibiréis en breve las órdenes de una amante. Tomad esta prenda. (Le da una prenda de amor.) Ahorra palabras, vuelve la cabeza… Si este beso pudiese hablar, te haría exhalar el alma en un transporte. Compréndeme y prospera.

EDMUNDO.—Vuestro soy, hasta en las sangrientas filas donde impera la muerte. (Sale.)

GONERIL.—¡Querido Gloucester mío! ¡Cuánta diferencia de uno a otro hombre! A ti pertenece el corazón de una mujer. Mi imbécil marido usurpa la posesión de mi persona.

EL INTENDENTE.—¡Monseñor!

Entra el DUQUE de ALBANIA.

GONERIL.—Por fin se comprende que yo valgo la pena de que me busquen.


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