El Rey Lear
El Rey Lear GONERIL.—¡Hombre débil y pusilánime, que tiendes la mejilla a los bofetones y la cabeza a las afrentas, que no tienes ojos para discernir tu honor de tu vergüenza, que ignoras que solamente los locos pueden compadecerse de un miserable castigado de su fechorÃa antes que la ejecute! ¿Dónde está tu tambor? Francia enarbola libremente sus banderas en nuestros silenciosos campos. Ya tu asesino, ceñido el casco, te provoca con sus amenazas; y tú, moralista insensato, te entretienes en lanzar exclamaciones, gritando: ¡Ah! ¿Por qué viene contra nosotros?
EL DUQUE DE ALBANIA.—Mira tu faz y horrorÃzate, furia. No, la deformidad no es tan chocante en los demonios como en una mujer.
GONERIL.—¡Insensato!
EL DUQUE DE ALBANIA.—Ser decaÃdo de la naturaleza y transformado en monstruo, en nombre de la vergüenza, vela tus horribles rasgos. Si dejara seguir a mi mano el impulso de la sangre que en mis venas hierve… Mas, aun cuando eres furia, la forma de una mujer te sirve de égida.
GONERIL.—Al fin ese hombre recobró el valor.
Entra un MENSAJERO.
EL MENSAJERO.—¡Ah, noble señor! El duque de Cornualles ha muerto, herido por uno de sus escuderos cuando se disponÃa a arrancar al conde de Gloucester el ojo que le quedaba.