El Rey Lear

El Rey Lear

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ESCENA IV

Una tienda en el campamento de Douvres

Entran CORDELIA, un médico y soldados.

CORDELIA.—¡Ah! Es él; acaban de verle furioso, como la mar agitada, cantando a fuertes gritos, coronada la frente de verbena, adormideras y todas esas yerbas inútiles que crecen entre los trigos. Enviad un destacamento de soldados; que le busquen en esas campiñas inmensas y lo conduzcan a mi presencia. ¿Qué puede la sabiduría humana para devolverle la razón que le falta? Quien logre darle algún auxilio, disponga de cuanto poseo.

EL MÉDICO.—Algunos medios hay, señora; el sueño es la dulce nodriza de la naturaleza. Reposo es lo que más necesita. Para infundírselo tenemos medicamentos cuya poderosa virtud puede cerrar los ojos del mismo dolor.

CORDELIA.—Yerbas benditas del cielo, venturosas plantas de la tierra activa, dotadas de secretas virtudes, creced regadas por mi llanto y unid vuestras fuerzas para aliviar el mal del desdichado rey. Corran en su busca. Temo, en su desenfrenado furor, se quite una vida desprovista de todos los auxilios que pueden conservarla.

Entra un MENSAJERO.

EL MENSAJERO.—Noticias, señora; el ejército bretón se aproxima…


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