El Rey Lear
El Rey Lear LEAR.—Al nacer, lloramos porque entramos en este vasto manicomio ¡Mira qué bonito sombrero! SerÃa un secreto precioso herrar a las caballerÃas con algodón. Ensayémoslo; y cuando me lance sobre esos yernos, ¡entonces mata, mata, mata, mata!
Entra un GENTILHOMBRE con séquito.
EL GENTILHOMBRE.— ¡Ah! ¡Héle aquÃ! ¡Apoderaos de él. Señor vuestra amada hija…!
LEAR.—¡Cómo! ¿Nadie me socorre? ¿Yo preso? Siempre bufón y juguete de la fortuna. Tratadme bien y os pagaré buen rescate; vengan cirujanos; estoy herido en la cabeza.
EL GENTILHOMBRE.—Nada os faltará.
LEAR.—¿Y nadie me auxilia? ¿Me dejan solo? Esto bastara para que un hombre, un hombre de sal, se valiese de los ojos como de regaderas, abatiendo todo el polvo otoñal.
EL GENTILHOMBRE.—Buen señor…
LEAR.—Moriré valerosamente como recién casado en su boda. ¡Vaya! Quiero ser jovial, ¡venid soy rey! ¿No lo sabÃais, señores mÃos?
EL CONDE DE GLOUCESTER.—SÃ, sois rey, y nosotros vuestros humildes vasallos.
LEAR.—Eso se llama hablar. Venid; si le atrapáis, sólo será la carrera; ¡ea! ¡ea! ¡ea! (Sale.)