El Rey Lear
El Rey Lear LEAR.—¿Y a los mendigos huir del perro? Pues bien; ahà tienes la imagen sensible de la autoridad; en la magistratura se obedece al perro Preboste sin pudor; retén tu mano sanguinaria; ¿por qué golpea esa prostituta? Registra tu conciencia: ¿no cometiste tú mismo con ella el crimen que ahora castigas? El usurero hace ahorcar a falsario. Los pequeños vicios traslucen a través de los andrajos de la miseria; mas las finÃsimas pieles y los trajes de seda lo ocultan todo. Dale al vicio un broquel de oro y la espada de la justicia se quebrará contra él, sin mellarlo pero cubre su broquel con andrajos y un pigmeo lo atravesará con una simple paja. Nadie, os digo nadie obra mal. Le perdono. Amigo, recibe el perdón de mÃ, que tengo el poder de cerrar la boca de la justicia. Ponte los anteojos y como hábil polÃtico, finge ver lo que no ves. ¡Ea! ¡Aprisa, aprisa! ¡Sacadme las botas! ¡Bien! ¡Bravo!
EDGARDO.—¡Cómo andan aquà mezclados la extravagancia y el buen sentido! ¡Cuánta razón en la locura!
LEAR.—Si quieres llorar mis desventuras, toma mis ojos. ¡Oh! ahora te conozco; te llamas Gloucester ¡Paciencia, amigo, paciencia! Venimos al mundo, gritando; ya sabes que nuestro primer suspiro, a nacer, fue un vagido. Voy a echarte un sermón; óyeme atento.
EL CONDE DE GLOUCESTER.—¡DÃa desdichado!