El Rey Lear
El Rey Lear LEAR.—SÃ, me acuerdo de tus ojos. Me parece que miras bizco. Por mas que te empeñes ciego cupido, no lograrás que yo vuelva a amar. Lee este cartel y fÃjate bien en sus caracteres.
EL CONDE DE GLOUCESTER.—Aun cuando todas sus letras fuesen soles, ni una palabra podrÃa yo ver.
EDGARDO.—(Aparte.) Si otro me hubiese dado noticia de su estado, no le hubiera creÃdo; lo veo con mis propios ojos y mi corazón se desgarra a tal espectáculo.
LEAR.—Lee, te digo.
EL CONDE DE GLOUCESTER.—¿Y Cómo leer? ¡No tengo ojos!
LEAR.—¡Hola! ¡Hola! ¿Estáis aquÃ, conmigo, sin ojos en vuestra frente, ni dinero en vuestra bolsa? Y sin embargo, veis que el mundo anda.
EL CONDE DE GLOUCESTER.—Lo veo, porque lo siento.
LEAR.—¡Cómo! ¿Estás loco? ¿Puede un hombre ver, sin ojos, cómo anda el mundo? Sin duda ves con las orejas. Mira a aquel juez que se está riendo del crimen de ese ladrón; presta el oÃdo. La justicia es un juego donde se cambia de sitio y de mano: ¿quién es el juez? ¿quién el ladrón? ¿Has visto al perro del hortelano ladrar a los mendigos?
EL CONDE DE GLOUCESTER.—SÃ, señor.