El Rey Lear

El Rey Lear

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LEAR.—El rey, sí, de pies a cabeza. Cuando yo me pongo serio, mis vasallos tiemblan. ¡Vaya! Le perdono la vida. ¿Cuál fue su crimen? ¿El adulterio? No morirás. ¿Morir por un adulterio? No, no; el régulo y la mariposa lo cometen alegremente a mi vista. La población ha de prosperar. Más humano ha sido para su padre el bastardo de Gloucester, que para mí lo fueron mis hijas engendradas en legítimo tálamo. ¡Animo, disolutos! ¡Mezclad los sexos! ¡Necesito muchos soldados! Contemplad a esa dama, de ingenua sonrisa; al ver su rostro a través de la mano que lo oculta, diríais que es de hielo; ¡no tal!; el solo nombre de voluptuosidad desvanece su virtud y la hace agitar su cabeza. No corren con más pasión y ardimiento al placer el gato y el potro encerrado en la cuadra. Son centauros, aun cuando la parte superior sea mujer; la cintura es para los dioses; el resto, de los demonios. ¡Buen boticario! dame una onza de agua de rosas almizclada para calmar mi dolor de cabeza. Ahí tienes el dinero.

EL CONDE DE GLOUCESTER.—¡Ah! ¡Dadme a besar vuestra mano!

LEAR.—Deja que la enjuague; huele a mortandad.

EL CONDE DE GLOUCESTER.—¡Deplorables ruinas de la más bella obra de naturaleza! También el mundo volverá a la nada. ¿No me conoces?


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