El Rey Lear
El Rey Lear EDGARDO.—Un infeliz abatido por la fortuna a costa de dolores y cuyo corazón, aquilatado por los males pasados y presentes, respira piedad por los ajenos. Dadme la mano y os conduciré a un asilo.
EL CONDE DE GLOUCESTER.—Gracias de todo corazón, recompénsente con creces la bondad y la bendición del cielo.
Entra el INTENDENTE.
EL INTENDENTE.—¡Feliz encuentro! La cabeza de ese viejo fue creada para fundar mi encumbramiento. ¡MÃsero traidor! Alzada está la espada que debe destruirte; recoge tu alma y aprisa.
EL CONDE DE GLOUCESTER.—Descargue con fuerza tu caritativa mano el golpe mortal. (EDGARDO se opone.)
EL INTENDENTE.—¿Cómo te atreves, insolente rústico, a defender a un traidor público? ¡Largo de aquÃ, si no quieres que su compañÃa te valga idéntico fin! Suelta su brazo.
EDGARDO.—No quiero.
EL INTENDENTE.—Suéltalo, miserable, o mueres.
EDGARDO.—Alejaos, bravo gentilhombre, y dejad pasad a los pobres; no toquéis a este anciano, si no queréis que vuestra cabeza trabe relaciones con mi bastón.
EL INTENDENTE.—¡Largo de aquÃ, estiércol!
EDGARDO.—Si dais un paso, os salto los dientes; ved qué caso hago de vuestras bravatas. (Lo derriba.)