El Rey Lear

El Rey Lear

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EDGARDO.—Sentaos, padre mío, y reposad. Registrémosle; espero sacar partido de las cartas de que habló. Muerto está; deploro que no haya tenido otro verdugo. Veamos. Permite, paciente lacre… Nadie nos tache de indiscretos. Para conocer a nuestros enemigos abrimos su corazón; más lícito ha de ser abrir sus papeles. (Leyendo la carta.) «No olvidéis nuestros mutuos juramentos; mil ocasiones tendréis para deshaceros de él. Si no os falta resolución, el tiempo y el lugar os ofrecerán propicias ventajas. Todo está perdido, si él vuelve vencedor; entonces yo sería su cautiva, y su lecho mi prisión. Libertadme, de sus odiadas caricias, y en recompensa, ocupad su sitio. Vuestra apasionada (quisiera decir esposa) amante. GONERIL». ¡Oh, inconcebible inconstancia de la mujer, que más veloz que el relámpago, pasa de un extremo a otro! ¡Una maquinación contra los días de su virtuoso marido, para sustituirle con mi hermano! ¡Execrable emisario de dos impúdicos asesinos! ¡He de arrastrarte por la arena! Oportunamente asombraré con esa odiosa carta los ojos del duque cuya muerte se trama. Le importa que yo pueda noticiarle a la vez su mensaje y su muerte.

Sale EDGARDO, arrastrando el cadáver.

EL CONDE DE GLOUCESTER.—El rey ha perdido la razón… ¡Cuán tenaz es la mía! Mucho más feliz sería yo si tuviese trastornado el espíritu; mis pensamientos hubiéranse divorciado de mis pesares.


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