El Rey Lear
El Rey Lear LEAR.—Ruegoos que no os burléis de mÃ. Soy un pobre y débil anciano; he cumplido mis ochenta años, y hablando francamente, creo que no tengo cabal la razón. Paréceme que os conozco, y también a ese hombre. Pero estoy dudando. En verdad, no sé dónde me hallo, ni toda mi memoria puede recordar dónde saqué estas vestiduras; hasta ignoro en qué lugar he pasado la noche. ¡No os riáis de mÃ! A fe de hombre, estoy tomando a esta dama por mi hija Cordelia.
CORDELIA.—Soy yo; soy Cordelia.
LEAR.—¿Son húmedas vuestras lágrimas? Sà en verdad. ¡Ah! Os ruego que no lloréis. Si tenéis un veneno preparado para dármelo, lo beberé. Ya sé que no me amáis, pues vuestras hermanas, en cuanto recuerdo, han sido conmigo muy crueles. ¡Razón tenéis para odiarme, vos! Ellas ninguna tenÃan.
CORDELIA.—Ninguna, ninguna.
LEAR.—¿Estoy en Francia?
CORDELIA.—Estáis en vuestro reino, señor.
LEAR.—No me engañéis.
EL MÉDICO.—Consolaos, señora; los accesos de furor, como veis, han cesado. Sin embargo, aún fuera peligroso para él recordarle las ideas perdidas. Invitadle a entrar en su habitación; no le fatiguemos; esperemos a que sus órganos se hayan fortalecido.
CORDELIA.—¿Quiere vuestra alteza andar un rato?