El Rey Lear
El Rey Lear LEAR.—¡Qué crueles sois arrancándome de la tumba! Tú eres un ángel en el seno de la ventura; mas yo, estoy atado a una rueda de fuego; mis ardientes lágrimas surcan como plomo fundido mis mejillas.
CORDELIA.—¿No me conocéis, señor?
LEAR.—Ya sĂ© que eres un espĂritu; Âżcuándo moriste?
CORDELIA.—¡AĂşn, aĂşn desvarĂa!
EL MÉDICO.—Apenas acaba de despertar; dejémosle tranquilo un momento.
LEAR.—¿DĂłnde estuve? ÂżDĂłnde estoy? Vuelvo a ver la luz; sĂ, es la claridad del dĂa. MorirĂame de lástima si viese a otro hombre en mi estado. No sĂ© lo que puedo afirmar. No me atrevo a jurar si estas manos son mĂas. Veamos; siento que este alfiler punza. SĂ, lo siento. Quisiera estar seguro de mi estado.
CORDELIA.—¡Ah! Miradme, señor; extended sobre mà vuestra mano para bendecirme. ¡Oh, no, señor! ¡No sois vos quien ha de arrodillarse!