El Rey Lear
El Rey Lear EDGARDO.—¿Dónde está el que contesta al nombre de Edmundo, conde de Gloucester?
EDMUNDO.—Yo soy, ¿qué me quieres?
EDGARDO.—Saca tu acero; si mi lenguaje ofende a un corazón noble, tu brazo puede tomar venganza. Oye los privilegios de mis honores, mi juramento y mi profesión pública. Protesto, a pesar de tu fuerza, de tu juventud y de tu rango, a pesar de tu espada victoriosa y en medio de tu nueva prosperidad, a pesar de tu valor y de tu bravura, protesto una vez más que sólo eres un traidor, perjuro con los dioses, con tu hermano, con tu padre, un conspirador contra la vida de este prÃncipe ilustre. Te lo repito; desde la cúspide de tu cabeza hasta las plantas de tus pies, no eres más que un traidor infame y ponzoñoso. Osa negarlo, y esta espada, este brazo y todo mi valor sabrán demostrar que mientes.
EDMUNDO.—Según la regla, debÃa preguntarte tu nombre; mas ya que tu mirada fiera y marcial anuncia elevada cuna, quiero despreciar una formalidad que mi seguridad y las leyes de la caballerÃa prescriben. Rechazo y remito sobre tu cabeza la acusación de traidor. Tu sangre ha de expiar tamaña falsedad. Crúcense nuestros aceros. Dad la señal, trompetas.
Alarma. Riñen. Cae EDMUNDO.
EL DUQUE DE ALBANIA.—¡Ah! ¡Salvadle! ¡Salvadle!