El Rey Lear
El Rey Lear Palacio del duque de Albania
Entran GONERIL y el INTENDENTE.
GONERIL.—¿Es cierto que mi padre golpeó a mi escudero, porque éste reñÃa a su bufón?
EL INTENDENTE.—SÃ, señora.
GONERIL.—Me está afrentando noche y dÃa. No pasa hora sin que incurra en alguna grosera impertinencia. No lo toleraré más. Sus caballeros se vuelven turbulentos y revoltosos y él mismo nos abruma a reproches por la menor bagatela. Va a volver de su cacerÃa; no quiero hablarle. Decidle que estoy indispuesta, y si os descuidáis en vuestros servicios a su persona, obraréis perfectamente. Yo me encargo de responder de vuestras faltas.
EL INTENDENTE.—Aquà viene, señora; oigo el rumor que anuncia su regreso.
GONERIL.—Emplead en vuestro servicio toda la indiferencia, toda la repugnancia que podáis. ¡Me gustarÃa que se quejara! Si se encuentra mal servido, váyase al lado de mi hermana, cuyas intenciones, en este asunto, concuerdan perfectamente con las mÃas. No queremos que nos dominen, ¡vaya un viejo caprichoso e inútil, que aún pretende dar todas las órdenes de una autoridad de que por sà mismo se despojó! Por mi honor, esos viejos chochos se vuelven niños y hay que tratarlos con rigor, cuando de nada sirven las caricias. No olvidéis mi encargo.
EL INTENDENTE.—Lo tendré muy presente, señora.