El Rey Lear
El Rey Lear EDMUNDO.—Procura recordar si le has ofendido en algo. Si has de seguir mi consejo, evita su presencia por algunos dÃas hasta que el tiempo aminore la violencia de su enojo. Actualmente se halla tan encolerizado, que apenas lograrÃa apaciguarle la vista de su sangre.
EDGARDO.—Algún infame me habrá malquistado con él.
EDMUNDO.—Mucho lo temo. AsÃ, pues, te suplico que te desvÃes prudentemente de los sitios donde pudiereis encontraros, hasta que el arrebato de su cólera haya menguado un tanto. Vete a mi habitación, y me las compondré de modo que oigas hablar a nuestro padre. Toma mi llave y si por acaso salieres, ve armado.
EDGARDO.—¡Armado! ¡Hermano mÃo!
EDMUNDO.—Te encargo lo que la sana prudencia aconseja, y aun sólo te he trazado un débil bosquejo de lo que he visto y oÃdo, pálido reflejo de la terrible verdad. ¡Por favor! ¡Vete a mi habitación!
EDGARDO.—¿Tardaré mucho en verte?
EDMUNDO.—No pases cuidado. (Sale EDGARDO.) Un padre crédulo y un hermano generoso cuyo bondadoso natural es tan ajeno a la malicia, que no la sospecha en los demás. Su infantil sencillez se deja gobernar por mis mañas. Trazado está mi plan si mi nacimiento no me ha dado una herencia, conquistémosla por la astucia. El fin justifica los medios.