El Rey Lear

El Rey Lear

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EL BUFÓN.—La verdad es como el perro guardián que relegamos a la perrera y cuyo destino es verse ahuyentado a latigazos, mientras que la perrilla predilecta puede sentarse muy a gusto junto al hogar y apestar a su amo.

LEAR.—No es romo el dardo que me dispara.

EL BUFÓN.—(Al CONDE de KENT.) Oye, amigo, una sentencia.

LEAR.—Oigamos.

EL BUFÓN.—Allá va: Ten más de lo que representes; habla menos de que sepas; presta menos de lo que tengas; anda más a caballos que a pie; abandona tu vaso y tu manceba; permanece tranquilo en tu casa y de esta suerte ganarás más de veinte por veinte.

EL CONDE DE KENT.—Toda esa palabrería nada significa, bufón.

EL BUFÓN.—En tal caso es el informe de un abogado sin salario; nada me has dado por él. Y tú tío, ¿no puedes hacer de nada algo?

LEAR.—No por cierto, hijo mío; de nada, nada puede hacerse.

EL BUFÓN.—(Al CONDE de KENT.) Dile tú que ése es precisamente el producto neto de sus tierras; díselo, pues no querrá creer a su bufón.

LEAR.—Eres, un bufón sobrado mordaz.

EL BUFÓN.—¿Sabes tú qué diferencia hay entre un bufón mordaz y un bufón empalagoso?


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