El Rey Lear
El Rey Lear EL CONDE DE KENT.—¡Ea, levantaos, y despejad! Ya os enseñaré a guardar decoro… Si no queréis otra ración, largaos, y os aconsejo la mayor cordura.
Saca a empujones al INTENDENTE.
LEAR.—Ya veo, buen servidor, que te portas como amigo fiel; acabas de darme arras de tu celo y adhesión.
Da unas monedas a KENT. Entra el BUFÓN.
EL BUFÓN.—Deja que le tome también a mi servicio. Ten, he aquà mi caperuza. (Se la presenta.)
LEAR.—Y bien, bravo picarón, ¿cómo va?
EL BUFÓN.—Hijo mÃo, lo mejor que podrÃas hacer serÃa ponerte mi caperuza.
EL CONDE DE KENT.—¿Por qué, bufón?
EL BUFÓN.—¿Por qué? Porque te pones a servir a un hombre caÃdo en desgracia. No esperes dÃas plácidos de la región donde sopla el huracán, y puesto que no sabes adular ni sonreÃr al favor, no harás fortuna sirviendo a tu nuevo amo. Ea, ponte mi caperuza. SÃ: este hombre ha desterrado para siempre a dos hijas suyas, y a pesar suyo, ha hecho feliz a la tercera. Si quieres seguir sus pasos, has de llevar mi caperuza. Oye, tÃo: quisiera tener dos caperuzas y dos hijas.
LEAR.—¿Y por qué?
EL BUFÓN.—Si les hago donación de todas mis rentas, guardaré mi caperuza para mi uso. He aquà mi caperuza; pÃdeles la otra a tus hijas.
LEAR.—¡Cuidado no te castigue!