El Rey Lear
El Rey Lear LEAR.—Me estás recordando una idea que ya se me habÃa ocurrido. He notado, efectivamente poco ha, cierto exceso de negligencia y frialdad. Pero procuré desvanecer esta sospecha, como efecto de una imaginación demasiado recelosa y no he querido tomar esa negligencia aparente como indicio de groserÃa y frialdad premeditadas. Pero ¿dónde está mi bufón? Hace dos dÃas que no le veo.
EL CABALLERO.—Desde que mi joven señora partió a Francia, señor, vuestro bufón ha quedado muy triste.
LEAR.—¡Basta! ya lo he notado. Id y decidle a mi hija que quiero hablarle. Y vos, daos prisa en traerme mi bufón. (Vuelve a entrar el INTENDENTE.) ¡Eh!, caballero, caballero; acercaos! ¿Quién soy yo, si os place?
EL INTENDENTE.—El padre de mi señora.
LEAR.—¿El padre de tu señora? ¡Cómo, miserable, esclavo vil!
EL INTENDENTE.—Nada de eso soy; sabedlo, señor.
LEAR.—¡Y se atreve el insolente a cruzar con las mÃas sus miradas! (Le golpea.)
EL INTENDENTE.— Sabed que no tolero que me peguen.
EL CONDE DE KENT.—¿Ni tampoco que te aplasten, miserable gusano? (Lo derriba.)
LEAR.—Gracias, amigo; me sirves perfectamente, y creo que llegaré a quererte.