El Rey Lear
El Rey Lear LEAR.—¿Hay aquà alguien que me reconozca? ¿Es éste Lear? ¿Es Lear el que anda? ¿Es Lear quien habla? ¿Están abiertos sus ojos? Por fuerza su inteligencia está debilitada y su razón sumida en letargo… ¿Yo, despierto?… No puede ser… ¿Quién podrá decirme lo que soy?… La sombra de Lear. Quisiera saberlo, porque estos indicios de soberanÃa y las luces de la razón y de la reflexión podrÃan persuadirme, erróneamente, de que he tenido hijas. ¿Vuestro nombre, bella dama?
GONERIL.— Vaya, señor; ese asombro que fingÃs se parece a vuestras demás extravagancias, tan nuevas para mÃ. Os ruego que interpretéis en buen sentido mi manera de ver y mis advertencias. Sois ya viejo, vuestra edad es venerable, y deberÃais ser más cuerdo. Conserváis a vuestro lado un grupo de caballeros y escuderos, cien hombres en conjunto, todos ellos tan depravados, disolutos y licenciosos, que nuestra corte, mancillada por sus costumbres impuras, se asemeja a una posada de mal nombre. A juzgar por el desorden y la crápula que aquà imperan, más bien podrÃan tomarse por una infame taberna, por un sucio lupanar, que por un palacio augusto y respetable. El pudor y la decencia exigen una reforma inmediata. Dejaos convencer por vuestra hija; de no ser asÃ, ella misma se tomará la libertad de ordenar lo que desea. Permitid que vuestro séquito se reduzca a cincuenta caballeros, y que éstos sean gentes convenientes a vuestra edad y sepan conocerse y respetaros.