El Rey Lear
El Rey Lear EL BUFÓN.—Algo valÃas tú, cuando podÃas no inquietarte por su tétrico humor, pero hoy eres lo mismo que un cero a la izquierda. Más que tú, soy yo ahora: yo soy un bufón, y tú no eres nada. ¡Ea! voy a refrenar mi lengua. (A GONERIL.) Leo esta orden en vuestro rostro, sin que tengáis necesidad de hablar.
GONERIL.—Señor, no sólo es vuestro bufón el único a quien se le permite todo; otros individuos de vuestro insolente séquito están siempre disputando y querellando, abandonándose a indecentes orgÃas que no es posible tolerar. Lisonjeábame de que se reprimieran tales excesos en cuanto llegasen a vuestra noticia, pero empiezo a temer, según lo que muy recientemente habéis dicho y hecho vos mismo, que protegéis este desorden y lo sostenéis con vuestra aprobación. Si asà fuese, serÃa una falta censurable, y habrÃa que pensar en los medios de corregirla. Tal vez esos medios, que sin embargo sólo tendrÃan por objeto restablecer el orden, podrÃais tomarlos como ofensa. SerÃa vergonzoso… Pero, en fin, la necesidad los exigirÃa como un remedio lleno de prudencia y discreción.
LEAR.—¿Sois vos nuestra hija?
GONERIL.—Vamos, señor, emplead esa vigorosa razón de que estáis dotado, y ahuyentad esas extrañas divagaciones que, de algún tiempo acá, alteran vuestro buen carácter hasta el punto de desfiguraros completamente.