El Rey Lear
El Rey Lear Castillo del conde de Gloucester
Entran LEAR, el BUFÓN y un GENTILHOMBRE.
LEAR.—Es extraño que hayan partido de su castillo sin enviarme mi mensajero.
EL GENTILHOMBRE.—Me consta que la pasada noche no tenÃan la menor intención de partir.
EL CONDE DE KENT.—Salud, mi noble señor.
LEAR.—¡Ja! ¡Ja! ¿Te sirve de diversión tu vergüenza?
EL CONDE DE KENT.—No, monseñor.
EL BUFÓN.—¡A fe mÃa, provisto estás de crueles ligas! A los caballos los atan por la cabeza, a los perros y a los osos por el cuello, a los micos por los riñones y a los hombres por las piernas. Cuando un hombre tiene piernas demasiado vigorosas, se le ponen pesadas trabas.
LEAR.—¿Quién se ha equivocado tan groseramente sobre el sitio que te corresponde, para colocarte aqu�
EL CONDE DE KENT.—Han sido él y ella; vuestro yerno y vuestra hija.
LEAR.—¡No!
EL CONDE DE KENT.—Ellos han sido.
LEAR.—DÃgote: que no.
EL CONDE DE KENT.—Y yo os digo que sÃ.
LEAR.—¡Por Júpiter! ¡Que no, te juro!
EL CONDE DE KENT.—¡Por Júpiter, juro que sÃ!
