El Rey Lear

El Rey Lear

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LEAR.—¡No han osado, no han podido quererlo! ¡Pero eso es más que un asesinato! ¡Ultrajar tan violentamente al más respetable ministerio! Date prisa a explicarme por qué conducta mereciste este castigo, o cómo han podido infligírtelo siendo tú nuestro emisario.

EL CONDE DE KENT.—Apenas, monseñor, llegué al castillo, les supliqué la más pronta lectura de las cartas de vuestra alteza. Aún no me había levantado de la humilde postura en que les manifestaba de rodillas mi atento respeto, cuando acude a toda prisa un correo de la señora Goneril, con una carta de su parte. Léenla al momento, interrumpiendo la lectura de las vuestras, e inmediatamente dan presurosas órdenes a su servidumbre, y se alejan un momento, mandándome que aguarde a saber su respuesta. En esto encuentro al otro mensajero cuya llegada había trastornado el efecto de mi misión. Era el mismo pícaro que no ha mucho se mostró tan insolente ante vuestra alteza. Yo, atendiendo más a la naturaleza que a la reflexión, eché mano a la espada. Tal es la falta que vuestro yerno y vuestra hija han creído digna del vergonzoso castigo que sufro. El miserable ha alarmado toda la casa con sus cobardes clamores.

LEAR.—¡Cómo despierta e invade mi corazón la cólera! Inflamable bilis, vuelve a tu esfera. ¿Dónde está esa hija?

EL CONDE DE KENT.—Aquí, señor, en el castillo con el conde de Gloucester.


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