El Rey Lear

El Rey Lear

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EL BUFÓN.—Créeme, tío, dile a tu corazón lo que aquel papanatas decía a sus anguilas, metiéndolas vivas en el pastel; les cortaba la cabeza con su cuchillo y les gritaba: ¡callad, revoltosas, callad! Ese tal, era hermano del otro que amaba tanto a su caballo, que le ponía manteca en el heno.

Entran el DUQUE de CORNUALLES, REGAN el CONDE de GLOUCESTER y séquito.

LEAR.—¡Buenos días a entrambos![5]

EL DUQUE DE CORNUALLES.—¡Guarde Dios a vuestra señoría!

REGAN.—¡Tengo gran satisfacción en ver a vuestra alteza!

LEAR.—Así lo creo, Regan, y me sé la razón. Si mi presencia no fuese para ti satisfactoria, divorciaríame yo de la tumba de tu madre, entonces sólo guardaría las cenizas de una adúltera. (Al CONDE de KENT.) ¡Ah! ¿Con que ya es libre? De eso trataremos luego. Mi querida Regan; tu hermana es una miserable; como un buitre[6] ha hincado el agudo diente de la ingratitud aquí (Señalando su corazón.) apenas puedo hablarte, no, no podrías creer con qué dureza su alma depravada… ¡Oh, Regan!

REGAN.—Os suplico, señor, que os moderéis; creo que antes podríais vos olvidar su merecimiento, que ella su deber.

LEAR.—¿Cómo? ¿Qué dices?


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