El Rey Lear
El Rey Lear REGAN.—¡Ah, padre mÃo! si vuestra razón se debilita, convenid en ello. Si hasta que el presente mes haya espirado queréis volver a casa de mi hermana y morar en ella, despedid a la mitad de vuestro séquito y venios después a nuestro castillo. Actualmente, me he ausentado de allÃ, y carezco de las provisiones necesarias para vuestro mantenimiento.
LEAR.—¡Volver a su mansión! ¡Despedir a cincuenta de mis caballeros! ¡No; antes renunciarÃa a vivir bajo techado, prefiriendo exponerme a la inclemencia del aire, en compañÃa de los lobos y los búhos, blanco de todos los dardos de la más horrible necesidad! ¡Volver a su morada! Antes preferirÃa presentarme al fogoso rey de Francia, que tomó sin dote a mi hija menor, y mendigar de su mano la pensión de sus escuderos, albergándome en el más oscuro asilo! ¡Volver a su mansión! ¿Por qué no me aconsejas que entre en el servicio de esa mujer detestada, confundido en la Ãnfima fila de sus esclavos?
GONERIL.—Como gustéis, Señor.