El Rey Lear

El Rey Lear

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LEAR.—Te lo ruego, hija mía; no hagas que me vuelva loco. No quiero causarte la menor incomodidad, hija mía. Adiós, no volveremos a encontrarnos más, pero con todo eso eres mi carne, mi sangre, mi hija. O más bien eres veneno engendrado de mi sangre corrompida. Nada quiero reprocharte; caiga sobre ti el oprobio, cuando quiera; no lo llamaré. No provocaré sobre tu cabeza los dardos del dios que fulgura el rayo. Enmiéndate cuando puedas. Todo puedo sufrirlo con paciencia. Me quedaré en casa de Regan, con mis cien caballeros.

REGAN.—No todos juntos. Aun no os esperaba, y nada he dispuesto para recibiros como conviene. Dad oídos a las proposiciones de mi hermana. Los que asocian su cordura a vuestra pasión deben resignarse y pensar que sois viejo y que… Pero mi hermana obra bien en lo que hace.

LEAR.—¿Es franco ese lenguaje?

REGAN.—Así lo sostengo. ¡Cómo! ¿No bastan cincuenta caballeros? ¿Necesitáis más? Todo ocurre contra tamaña muchedumbre: el agobio y el peligro. ¿Cómo pueden vivir en buena inteligencia, en una sola y misma casa, tantas personas sometidas a dos dueños? Es muy difícil, casi imposible.

GONERIL.—¿Y qué, señor? ¿No podríais haceros servir por sus criados o por los míos?


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