El Rey Lear
El Rey Lear REGAN.—¿Por qué no podrÃais, señor? Si llegasen a faltaros, castigarlos sabrÃamos. Si dentro de algunos dÃas queréis venir a mi morada (pues ya entreveo el peligro) os ruego que no traigáis más de veinticinco caballeros; no tengo sitio para mayor número.
LEAR.—Recordad que os lo di todo.
REGAN.—Y lo disteis oportunamente.
LEAR.—Os hice mis guardianas, mis depositarias, no reservándome sino cierto número de oficiales para mi séquito. ¿Para entrar en casa sólo he de llevar veinticinco? ¿No acabas tú de decirlo?
REGAN.—Y lo repito, señor; ni más.
LEAR.—Una mujer arrugada, ajada, parece aún hermosa junto a otras mujeres más viejas y decrépitas que ella. Basta no ser el peor para merecer todavÃa algún elogio. (A GONERIL.) Volveré a tu castillo. Tus cincuenta son el doble de sus veinticinco, y asÃ, tu cariño es doble que el suyo.
GONERIL.—Escuchad, señor, ¿qué necesidad tenéis de veinticinco caballeros, ni siquiera de diez, ni aún de cinco, para venir a una casa donde encontrarÃais a un número de servidores tres veces mayor?
REGAN.—¿Qué necesidad tenéis ni de uno solo?