El Rey Lear
El Rey Lear LEAR.—¿Qué estáis hablando de necesidad? El mendigo más miserable goza de alguna superfluidad en medio de su pobreza. Si al hombre sólo le concedes lo estrictamente necesario, su vida será tan barata como la del bruto. Princesa eres: si todo el lujo consistiese en vestir bien abrigada, ¿necesita la naturaleza de esos preciosos trajes que llevas y que apenas pueden defenderte del frÃo? Otra cosa necesito yo: la paciencia; otorgádmela, clementes dioses. En mà veis a un desventurado viejo, tan abrumado por el dolor como por el peso de sus años. Si sois vosotros los que armáis a estas hijas contra su padre, no me inspiréis demasiada insensibilidad para soportar tranquilo sus injurias; infundidme una noble cólera. No mancille las mejillas de un anciano, el llanto, única arma de la mujer. SÃ, monstruos desnaturalizados, de vosotras tomaré una venganza que el mundo entero… Ignoro a qué extremos llegaré; pero juro que ha de temblar la tierra. ¿Pensabais verme llorar? No lo lograréis. Verdad es que me sobra motivo para ello; mas antes de verter una sola lágrima, quedará roto en pedazos mi corazón. ¡Ah! ¡Temo volverme loco!
Salen LEAR, los CONDES de GLOUCESTER y de KENT, y el BUFÓN.
EL DUQUE DE CORNUALLES.—Retirémonos; la tempestad nos amenaza.
Oyese el fragor del trueno.