El Rey Lear

El Rey Lear

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EL CONDE DE KENT.—Mi buen señor, aceptad su ofrecimiento, entrad en esa casa.

LEAR.—He de decir una palabra a ese sabio Tebano. ¿En qué os ocupáis?

EDGARDO.—En defenderme del espíritu maligno.

LEAR.—Oídme dos palabras.

EL CONDE DE KENT.—Instadle a que se vaya; su razón comienza a extraviarse.

EL CONDE DE GLOUCESTER.—¿Y lo extrañas? Sus hijas desean su muerte. ¡Ah! Bien había predicho el digno Kent cuanto ocurre; el infortunado está proscrito. ¿Dices tú que el rey comienza a perder la razón? Estoy por decirte que yo mismo la tengo casi perdida. Tenía un hijo y lo proscribí de mi sangre; pocos días ha, intentó asesinarme. Yo le amaba, sí; nunca otro padre amó tanto a su hijo. Confieso que la pena trastornó mi espíritu. ¡Qué noche más triste! (A LEAR.) ¡Venid, señor!

LEAR.—¡Ah, perdonad! Venid conmigo, noble filósofo.

EDGARDO.—Tom se muere de frío.

EL CONDE DE GLOUCESTER.—Vamos, camarada; entra en tu choza y procura calentarte.

LEAR.—¡Ea! Entremos todos.

EL CONDE DE KENT.—Por aquí, monseñor.

LEAR.—¡Oh! Con él; quiero tener siempre a mi filósofo junto a mí.


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