El Sueño de una noche de verano
El Sueño de una noche de verano HERMIA.—Buen Lisandro mÃo, te juro por el más firme arco de Cupido, por el candor de las palomas de Venus, por cuanto une las almas y ampara los amores y por aquel fuego que abrasaba a la reina de Cartago[4] al ver la vela fugitiva del falso troyano; por todos los juramentos que los hombres han quebrantado y que ninguna mujer podrÃa enumerar, te juro que me encontraré mañana a tu lado en el mismo sitio que designas.
LISANDRO.—Cumple tu promesa, amor mÃo. Mira, aquà viene Elena.
(Entra ELENA).
HERMIA.—Sed con Dios, bella Elena. ¿Adónde te vais?
ELENA.—¿Bella me llamas? Retirad ese nombre. Demetrio ama vuestra hermosura. ¡Oh hermosura feliz! Vuestros ojos son estrellas, y la música de vuestra voz en más armoniosa que el canto de la alondra a los oÃdos del pastor cuando verdea el trigo y asoman los capullos del blanco espino. ¿Por qué, si las enfermedades son contagiosas, no hubo de serlo el favor? Entonces tomarÃa yo el vuestro antes de irme, mi oÃdo adquirirÃa vuestra voz, mis ojos el encanto de los vuestros, mi lengua la dulce melodÃa de la vuestra. Si todo el mundo fuera mÃo…, excepto Demetrio, os darÃa el mundo todo. ¡Oh! ¡Enseñadme vuestro hechizo y por qué arte dirigÃs los impulsos del corazón de Demetrio!