El Sueño de una noche de verano
El Sueño de una noche de verano HERMIA.—Lo miro con semblante adusto y, sin embargo, me ama.
ELENA.—¡Ah, si vuestro enojo pudiera enseñar a mis sonrisas semejante destreza!
HERMIA.—Lo maldigo y, sin embargo, me ama.
ELENA.—¡Si pudieran mis súplicas obtener semejante afecto!
HERMIA.—Cuanto más lo aborrezco más, más tenazmente me persigue.
ELENA.—¡Cuanto más lo amo más me aborrece!
HERMIA.—Su insensatez no es culpa mÃa, Elena.
ELENA.—No, pero lo es de vuestra belleza. Ya quisiera yo ser culpable de esa falta.
HERMIA.—Cobrad aliento, que él no volverá a verme. Lisandro y yo vamos a abandonar este lugar. Antes de conocer a Lisandro me parecÃa Atenas un paraÃso; ¿pues qué seducciones hay en mi amor para que haya convertido un cielo en infierno?
LISANDRO.—Elena, os revelamos nuestro intento. Mañana a la noche, cuando Febe contemple su argentada faz en el cristal de las aguas, convirtiendo en perlas lÃquidas el rocÃo sobre las hojas del césped, hora propicia aún a la fuga de los amantes, hemos convenido en salir furtivamente de Atenas.