Enrique IV Partes I y II
Enrique IV Partes I y II Tú enmienda esa cara y yo enmendaré mi vida. Eres nuestro buque insignia, con el fanal en la popa, sólo que tú lo llevas en la nariz. Eres el Caballero de la Ardiente Lámpara.
BARDOLFO
Sir Juan, mi cara no os hace ningún daño.
FALSTAFF
Ya lo creo que no. La uso como el que tiene una calavera o algún memento mori. Nada más ver tu cara pienso en el fuego del infierno, y en el rico epulón, que vestía púrpura, pues ahí está con sus galas, ardiendo, ardiendo[42]. Si fueses dado a la virtud, juraría por tu cara: «¡Por este fuego, es el ángel de Dios!» Pero no tienes salvación, y si no fuese por la luz de tu cara, serías el hijo de la negra tiniebla. Cuando subiste Gad’s Hill aquella noche a recoger mi caballo, si no te tomé por un fuego fatuo o una bola ardiente, es que el dinero no vale. ¡Ah, eres una perenne luminaria, una hoguera eterna! Me has ahorrado mil libras en hachones y en antorchas yendo conmigo de taberna en taberna. Pero con el jerez que te he pagado habría comprado velas a buen precio en la más cara cerería de toda Europa. Yo mantengo el fuego de esa salamandra de nariz desde hace treinta y dos años. ¡Dios me lo premie!
BARDOLFO
¡Ojalá mi cara estuviera en vuestra panza!
FALSTAFF