Enrique IV Partes I y II
Enrique IV Partes I y II mandada por jóvenes sangrientos, furibunda,
apoyada por muchachos y mendigos;
si esta maldita revuelta se mostrase
en su apariencia propia y natural,
vos, reverendo padre, y estos nobles
no estaríais aquí para ataviar la forma horrible
de la vil y sanguinaria rebeldía
con vuestro claro honor. Vos, arzobispo,
cuya sede la sostiene nuestra paz civil,
cuya barba la mano de la paz ha plateado,
cuyo saber y ciencia la paz ha instruido,
cuyas blancas ropas encarnan la inocencia,
la paloma y el espíritu bendito de la paz,
¿por qué os traducís erróneamente
del lenguaje de la paz, lleno de gracia,
a la áspera y turbada lengua de la guerra,
convirtiendo los libros en tumbas, la tinta en sangre,
la pluma en lanza y vuestra lengua sagrada
en sonoro clarín que toca a guerra?
ARZOBISPO
¿Que por qué lo hago? Queréis una respuesta.
Pues oídla: estamos todos enfermos,
y los excesos y las horas sin medida
nos han traído una fiebre tan ardiente
que tenemos que sangrarnos; fue tal dolencia
lo que causó la muerte al rey Ricardo.