Enrique IV
Enrique IV «Personalmente, mi señor, me agradaría estar ahí en razón del afecto que tengo a vuestra casa.» Le agradaría. ¿Por qué no le agrada? En razón del afecto que tiene a nuestra casa: aquí se ve que quiere más a su granero que a nuestra casa. Sigamos leyendo: «El plan que os proponéis es peligroso.» Eso seguro. Peligroso es resfriarse, dormir, beber. Pero yo os digo, mi bobo señor, que de la ortiga del peligro arrancamos la flor de la seguridad. «El plan que os proponéis es peligroso; los amigos que nombráis, inciertos; el momento mismo, inapropiado, y toda la conjura, harto ligera frente al gran contrapeso al que se opone.» ¿Ah, sí? ¿Ah, sí? Pues yo os respondo que sois un esclavo torpe y cobarde, y que mentís. ¡Vaya un lerdo! Por Dios, que nuestro plan es tan bueno como el mejor que se haya urdido, y nuestros amigos, fieles y leales. Buen plan, buenos amigos y muy prometedor. Un plan excelente, muy buenos amigos. ¡Vaya un alma helada que es este bribón! ¡Pero si el arzobispo de York aprueba el plan y todo el curso de la acción! ¡Voto a…! Si tuviera a mi lado a ese bellaco, le abriría la cabeza con el abanico de su dama. ¿No estamos mi padre, mi tío y yo mismo? ¿Lord Edmundo Mortimer, el arzobispo de York y Owen Glendower? ¿No está también Douglas? ¿No me dicen en sus cartas que se reunirán conmigo en armas el nueve del mes próximo y no se han puesto en marcha algunos de ellos? ¡Qué bribón pagano éste, vaya infiel! ¡Ja! Ya veréis cómo ahora va al rey, de puro miedo y poquedad, a revelarle nuestros planes. ¡Ah, así me parta en dos y me pelee conmigo mismo por animar a este gachas a empresa tan honrosa! ¡Que lo cuelguen! ¡Que informe al rey! Estamos preparados. Esta noche me pongo en marcha.