Enrique IV
Enrique IV Entra LADY [PERCY].
¿Qué hay, Catia? Te dejo antes de dos horas.
LADY PERCY
¡Ah, mi señor! ¿Por qué tan solitario?
¿Qué delito me tiene desterrada
quince días del lecho de mi Enrique?
Dime, buen esposo, ¿qué es lo que te priva
de apetito, placer y dorado descanso?
¿Por qué vuelves los ojos hacia el suelo
y te agitas cuando estás sentado solo?
¿Por qué has perdido el frescor de tus mejillas
cediendo mis tesoros y derechos amorosos
al ensimismamiento y la hosca desazón?
En tu sueño ligero he velado, y te he oído
musitar palabras de áspera guerra,
manejar tu caballo galopante,
gritar «¡Valor! ¡A la lucha!». Hablabas
de asaltos y retiradas, trincheras, tiendas,
empalizadas, defensas, parapetos,
cañones, bombardas, culebrinas,
rescates de prisioneros, muertes de soldados
y de los avatares de una lucha fiera.
Había tanta guerra en tu ánimo
y tanto se alteraba tu reposo
que las gotas de sudor brotaban de tu frente
cual burbujas en aguas removidas,
y en tu cara aparecían extrañas expresiones,