Enrique IV
Enrique IV emprendía hazañas. Él fue el espejo
ante el cual la joven nobleza se vestía.
Quien no imitaba su andar, iba cojo,
y el defecto de su hablar atropellado
llegó a ser el acento del valiente,
pues los que hablaban bajo y despacioso
rebajaban su propia perfección
para copiarle. Así, en el habla, el porte,
la comida, los placeres favoritos,
las reglas militares y el carácter,
él era el norte, espejo, pauta y molde
que daba forma a otros. Y a él, ¡oh, portento
y milagro de hombre!, que no tenía igual,
le dejasteis en estado desigual,
mirando al dios horrendo de la guerra
en desventaja, afrontando una batalla
donde no parecía haber otra defensa
que el sonido de su nombre: así le abandonasteis.
¡Nunca, oh, nunca ofendáis a su alma
siendo más escrupuloso en vuestro honor
con otros que con él! A ellos dejadlos.
El mariscal y el arzobispo son bien fuertes.
De haber tenido Enrique la mitad de esos hombres,
hoy yo le rodearía su amado cuello
y hablaría de la tumba del Príncipe de Gales.
NORTHUMBERLAND
¡Dios te valga, noble hija!