Enrique IV
Enrique IV ¡Ah, volverás a ser tierra salvaje,
poblada de lobos, tus antiguos moradores!
PRÍNCIPE [arrodillándose]
¡Perdonadme, Majestad! De no haber sido
por mi llanto, húmedo estorbo de mi lengua,
habría evitado el reproche tan sentido
que me habéis hecho con dolor y tanto tiempo
yo he escuchado. Tomad vuestra corona;
que os la conserve muchos años El que ciñe
una corona eterna. Si la anhelo
más que por vuestra honra y vuestra fama,
que ya no puedan levantarse mis rodillas,
a las que mi ánimo más íntimo y humilde
ha inspirado mi externa reverencia.
Pongo a Dios por testigo de que cuando
os encontré sin un soplo de aliento,
se me heló el alma. Si forjo,
que en mi actual desenfreno yo me muera
y al incrédulo mundo nunca muestre
la noble transformación que me he propuesto.
Cuando entré a visitaros y os creí muerto
(y casi muerto yo de creer que vos lo estabais),
le reñí a esta corona, diciéndole
cual si me entendiera: «Los desvelos que tú entrañas
se han cebado en el cuerpo de mi padre;
por eso tú, el mejor oro, eres peor que el oro.