Hamlet, Principe de Dinamarca
Hamlet, Principe de Dinamarca OFELIA.—Espero que todo irá bien. Hay que tener paciencia. Pero lloro sin remedio de pensar que lo enterraron en la frÃa tierra. Mi hermano ha de saberlo. Asà que gracias por el buen consejo. ¡Vamos, mi carruaje! Buenas noches, señoras, buenas noches, buenas noches.
(Sale.)
REY.—SÃguela de cerca. VigÃlala bien, te lo ruego.
(Sale Horacio.)
Ah, este es el veneno de la honda tristeza; todo viene de la muerte de su padre. ¡Ah, Gertrudis! Las penas nunca vienen como espÃas de avanzada, sino en batallones. Primero, su padre muerto; después, tu hijo ausente, el más violento autor de su propia partida; el pueblo, enturbiado, revuelto con tantas sospechas y rumores sobre la muerte de Polonio (y fue una ingenuidad enterrarle bajo mano); la pobre Ofelia, trastornada y privada de razón, sin la cual todos somos pinturas o animales; por último, y peor que todo lo demás, su hermano ha regresado de Francia en secreto, se nutre de su asombro, vive en la penumbra y no le faltan chismosos que le infectan los oÃdos con infundios sobre la muerte de su padre. En tal apuro, y escaseando los hechos, no dudarán en acusar a mi persona en sus rumores. Querida Gertrudis, todo esto, cual disparos de metralla, me da muerte superflua en muchas partes.