Hamlet, Principe de Dinamarca
Hamlet, Principe de Dinamarca SACERDOTE.—Sus exequias las hemos extendido hasta el lÃmite aprobado. Su muerte fue dudosa; de no haberlo impedido una orden superior, yacerÃa en lugar no consagrado hasta el DÃa del Juicio. En vez de plegarias, le habrÃan arrojado cascotes, guijas y piedras. Pero aquà se le permiten ritos virginales, flores de doncella y entierro en sagrado con toque de campana y funeral.
LAERTES.—¿Sin hacer nada más?
SACERDOTE.—Nada más. ProfanarÃamos el oficio de difuntos entonando un solemne responso y rezándole como a las almas que mueren en paz.
LAERTES.—Dadle sepultura y que broten violetas de su carne pura y sin mancha. Cruel sacerdote, yo te digo que mi hermana será un ángel providente cuando tú estés aullando en el averno.
HAMLET.—¿Cómo? ¿La bella Ofelia?
REINA.—(Esparciendo flores.) Flores a esta flor. Adiós. Confiaba en que serÃas la esposa de mi Hamlet. Querida niña, creà que iba a engalanar tu lecho de bodas, no tu sepultura.
LAERTES.—¡Ah, que un triple dolor diez veces triplicado caiga sobre ese maldito cuyo crimen te privó de tu excelsa cordura! —Esperad, no la sepultéis hasta que yo la tenga una vez más entre mis brazos.
(Salta a la fosa.)