Hamlet, Principe de Dinamarca
Hamlet, Principe de Dinamarca OFELIA.—Y me ha corroborado sus palabras con todos los divinos juramentos.
POLONIO.—SÃ, cepos para pájaros. Sé bien que, cuando arde la sangre, el alma se prodiga en juramentos. Hija, esas llamaradas, que dan más luz que calor y se extinguen cuando parece que prometen, no las tomes por fuego. Desde ahora, hija, escatima un poco más tu virginal presencia, haz que tus encuentros exijan algo más que la orden de acudir. Respecto a Hamlet, créele en la medida en que es joven, y piensa que el ronzal con que se mueve es mucho más largo que el tuyo. En suma, Ofelia, no creas sus juramentos, pues son intermediarios de distinto color del que los viste, abogados de causas impÃas, que se expresan como santos y piadosos alcahuetes para seducirte mejor. No lo repetiré: hablando claro, no quiero que en adelante deshonres ni un momento de tu ocio conversando con el PrÃncipe Hamlet. Haz lo que te digo. Vamos, ven.
OFELIA.—Os obedeceré, señor.
(Salen.)