Hamlet

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HAMLET.— Veis aquí presentes, en esta y esta pintura, los retratos de dos hermanos. ¡Ved cuánta gracia residía en aquel semblante! Los cabellos del sol, la frente como la del mismo Júpiter, su vista imperiosa y amenazadora, como la de Marte; su gentileza, semejante a la del mensajero Mercurio cuando aparece sobre una montaña cuya cima llega a los cielos. ¡Hermosa combinación de formas!, donde cada uno de los dioses imprimió su carácter para que el mundo admirase tantas perfecciones en un hombre solo. Este fue vuestro esposo. Ved ahora el que sigue. Este es vuestro esposo, que, como la espiga con tizón destruye la sanidad de su hermano. ¿Lo veis bien? ¿Pudisteis abandonar las delicias de aquella colina hermosa por el cieno de ese pantano? ¡Ah! ¿Lo veis bien?… Ni podéis llamarlo amor, porque en vuestra edad los hervores de la sangre están ya tibios y obedientes a la prudencia, y ¿qué prudencia descenderá desde aquel a este? Sentidos tenéis, que a no ser así no tuvierais afectos, pero esos sentidos deben de padecer letargo profundo. La demencia misma no podría incurrir en tanto error, ni el frenesí tiraniza con tal exceso las sensaciones que no quede suficiente juicio para saber elegir entre dos objetos, cuya diferencia es tan visible… ¿Qué espíritu infernal os pudo engañar y cegar así? Los ojos sin el tacto, el tacto sin la vista, los oídos o el olfato solo, una débil porción de cualquier sentido hubiera bastado a impedir tal estupidez… ¡Oh, modestia! ¿Y no te sonrojas? ¡Rebelde infierno! Si así pudiste inflamar las médulas de una matrona, permite, permite que la virtud en la edad juvenil sea dócil como la cera y se liquide en sus propios fuegos; ni se invoque al pudor para resistir su violencia, puesto que el hielo mismo con tal actividad se enciende y es ya el entendimiento el que prostituye al corazón.


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