Hamlet
Hamlet GERTRUDIS.— ¡Oh! ¡Hamlet! No digas más… Tus razones me hacen dirigir la vista a mi conciencia, y advierto allà las más negras y groseras manchas, que acaso nunca podrán borrarse.
HAMLET.— ¡Y permanecer asà entre el pestilente sudor de un lecho incestuoso, envilecida en corrupción, prodigando caricias de amor en aquella sentina impura!
GERTRUDIS.— No más, no más, que esas palabras, como agudos puñales, hieren mis oÃdos… No más, querido Hamlet.
HAMLET.— Un asesino… un malvado… vil… Inferior mil veces a vuestro difunto esposo… Escarnio de los reyes, ratero del imperio y el mando, que robó la preciosa corona y se la guardó en el bolsillo.
GERTRUDIS.— No más…

Gertrudis, Hamlet, la Sombra del rey Hamlet.
HAMLET.— Un rey de botarga… ¡Oh! ¡EspÃritus celestes, defendedme! Cubridme con vuestras alas… ¿Qué quieres, venerada sombra?
GERTRUDIS.— ¡Ay, que está fuera de sÃ!
HAMLET.— ¿Vienes acaso a culpar la negligencia de tu hijo, que, debilitado por la compasión y la tardanza, olvida la importante ejecución de tu precepto terrible?… Habla.