Hamlet

Hamlet

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LA SOMBRA.— No lo olvides. Vengo a inflamar de nuevo tu ardor casi extinguido. ¿Pero, ves? Mira cómo has llenado de asombro a tu madre. Ponte entre ella y su alma agitada y hallarás que la imaginación obra con mayor violencia en los cuerpos más débiles. Háblale, Hamlet.

HAMLET.— ¿En qué pensáis, señora?

GERTRUDIS.— ¡Ay, triste! Y en qué piensas tú que así diriges la vista donde no hay nada, razonando con el aire incorpóreo… Toda tu alma se ha pasado a tus ojos, que se mueven horribles, y tus cabellos, que pendían adquiriendo vida y movimiento, se erizan y levantan como los soldados, a quienes improviso rebato despierta. ¡Hijo de mi alma! ¡Oh! Derrama sobre el ardiente fuego de tu agitación la paciencia fría. ¿A quién estás mirando?

HAMLET.— A él, a él… ¿Le veis, qué pálida luz despide? Su aspecto y su dolor bastarían a conmover las piedras… ¡Ay! No me mires así, no sea que ese lastimoso semblante destruya mis designios crueles, no sea que al ejecutarlos equivoque los medios, y en vez de sangre se derramen lágrimas.

GERTRUDIS.— ¿A quién dices eso?

HAMLET.— ¿No veis nada allí?

GERTRUDIS.— Nada, y veo todo lo que hay.

HAMLET.— ¿Ni oísteis nada tampoco?


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