Hamlet
Hamlet GERTRUDIS.— Nada más que lo que nosotros hablamos.
HAMLET.— Mirad allÃ… ¿Le veis?… Ahora se va… Mi padre…, con el traje mismo que se vestÃa… ¿Veis por donde va?… Ahora llega al pórtico.
Gertrudis, Hamlet.
GERTRUDIS.— Todo es efecto de la fantasÃa. El desorden que padece tu espÃritu produce esas confusiones vanas.
HAMLET.— ¿Desorden? Mi pulso, como el vuestro, late con regular intervalo y anuncia igual salud en sus compases… Nada de lo que he dicho es locura. Haced la prueba y veréis si os repito cuantas ideas y palabras acabo de proferir, y un loco no puede hacerlo. ¡Ah! ¡Madre mÃa! En merced os pido que no apliquéis al alma esa unción halagüeña creyendo que es mi locura la que habla y no vuestro delito. Con tal medicina lograréis sólo irritar la parte ulcerada, aumentando la ponzoña pestÃfera, que interiormente la corrompe… Confesad al cielo vuestra culpa, llorad lo pasado, precaved lo futuro; y no extendáis el beneficio sobre las malas yerbas, para que prosperen lozanas. Perdonad este desahogo a mi virtud, ya que, en esta delincuente edad, la virtud misma tiene que pedir perdón al vicio, y aun para hacerle bien, le halaga y le ruega.
GERTRUDIS.— ¡Ay, Hamlet! ¡Tú despedazas mi corazón!