Hamlet
Hamlet HAMLET.— ¿SÃ? Pues apartad de vos aquella porción más dañada y vivid con la que resta, más inocente. Buenas noches… Pero no volváis al lecho de mi tÃo. Si carecéis de virtud, aparentadla al menos. La costumbre, aquel monstruo que destruye las inclinaciones y afectos del alma, si en lo demás es un demonio, tal vez es un ángel cuando sabe dar a las buenas acciones una cierta facilidad con que insensiblemente las hace parecer innatas. Conteneos por esta noche; este esfuerzo os hará más fácil la abstinencia próxima, y la que siga después la hallaréis más fácil todavÃa. La costumbre es capaz de borrar la impresión misma de la naturaleza, reprimir las malas inclinaciones y alejarlas de nosotros con maravilloso poder. Buenas noches, y cuando aspiréis de veras la bendición del cielo, entonces yo os pediré vuestra bendición… [Hace ademán de cargar con el cuerpo de Polonio; pero dejándolo en el suelo otra vez, vuelve a hablar a Gertrudis] La desgracia de este hombre me aflige en extremo, pero Dios lo ha querido asÃ: a él le ha castigado por mi mano y a mà también, precisándome a ser el instrumento de su enojo. Yo le conduciré a donde convenga y sabré justificar la muerte que le di. Basta. Buenas noches. Porque soy piadoso debo ser cruel. Ve aquà el primer daño cometido, pero aún es mayor el que después ha de ejecutarse… ¡Ah! Escuchad otra cosa.
GERTRUDIS.— ¿Cuál es? ¿Qué debo hacer?