Hamlet
Hamlet Claudio, Gertrudis, Laertes.

LAERTES.— ¡Veis esto, Dios mÃo!
CLAUDIO.— Yo debo tomar parte en tu aflicción, Laertes; no me niegues este derecho… Óyeme aparte. Elige entre los más prudentes de tus amigos aquellos que te parezca. Óigannos a entrambos y juzguen. Si por mà propio o por mano ajena resulto culpado, mi reino, mi corona, mi vida, cuanto puedo llamar mÃo, todo te lo daré para satisfacerte. Si no hay culpa en mÃ, deberé contar otra vez con tu obediencia, y unidos ambos, buscaremos los medios de aliviar tu dolor.
LAERTES.— Hágase lo que decÃs… Su arrebatada muerte, su oscuro funeral, sin trofeos, armas, ni escudos sobre el cadáver ni debidos honores ni decorosa pompa; todo, todo está clamando del cielo a la tierra por un examen, el más riguroso.
CLAUDIO.— Tú le obtendrás, y la segur terrible de la justicia caerá sobre el que fuere delincuente. Ven conmigo.
Sala en casa de Horacio.
HORACIO, un Criado.
HORACIO.— ¿Quiénes son los que me quieren hablar?
CRIADO.— Unos marineros, que según dicen os traen cartas.
