Hamlet
Hamlet CLAUDIO.— No porque piense que no amabas a tu padre, sino porque sé que el amor está sujeto al tiempo y que el tiempo extingue su ardor y sus centellas, según me lo hace ver la experiencia de los sucesos. Existe en medio de la llama de amor una mecha o pábilo que la destruye al fin; nada permanece en un mismo grado de bondad constantemente, pues la salud misma degenerando en plétora perece por su propio exceso. Cuanto nos proponemos hacer deberÃa ejecutarse en el instante mismo en que lo deseamos, porque la voluntad se altera fácilmente, se debilita y se entorpece, según las lenguas, las manos y los accidentes que se atraviesan; y entonces, aquel estéril deseo es semejante a un suspiro, que exhalando pródigo el aliento causa daño, en vez de dar alivio… Pero toquemos en lo vivo de la herida. Hamlet vuelve. ¿Qué acción emprenderÃas tú para manifestar, más con las obras que con las palabras, que eres digno hijo de tu padre?
LAERTES.— ¿Qué haré? Le cortaré la cabeza en el templo mismo.