Hamlet
Hamlet CLAUDIO.— Pues éste, hablando de ti públicamente, te llenaba de elogios por tu inteligencia y ejercicio en la esgrima y la bondad de tu espada en la defensa y el ataque, tanto que dijo alguna vez que serÃa un espectáculo admirable el verte lidiar con otro de igual mérito si pudiera hallarse, puesto que, según aseguraba él mismo, los más diestros de su nación carecÃan de agilidad para las estocadas y los quites cuando tú esgrimÃas con ellos. Este informe irritó la envidia de Hamlet, y en nada pensó desde entonces sino en solicitar con instancia tu pronto regreso, para batallar contigo. Fuera de esto…
LAERTES.— ¿Y qué hay además de eso, señor?
CLAUDIO.— Laertes, ¿amaste a tu padre o eres como las figuras de un lienzo, que tal vez aparentan tristeza en el semblante, cuando las falta un corazón?
LAERTES.— ¿Por qué lo preguntáis?