Hamlet
Hamlet y un hoyo en tierra
que le preparan:
para tal huésped
eso le basta».
HAMLET.— Y esa otra, ¿por qué no podría ser la calavera de un letrado? ¿Adónde se fueron sus equívocos y sutilezas, sus litigios, sus interpretaciones, sus embrollos? ¿Por qué sufre ahora que ese bribón, grosero, le golpee contra la pared, con el azadón lleno de barro?… ¡Y no dirá palabra acerca de un hecho tan criminal!… Éste sería, quizás, mientras vivió, un gran comprador de tierras, con sus obligaciones y reconocimientos, transacciones, seguridades mutuas, pagos, recibos… Ve aquí el arriendo de sus arriendos, y el cobro de sus cobranzas: todo ha venido a parar en una calavera llena de lodo. Los títulos de los bienes que poseyó cabrían difícilmente en su ataúd. Y, no obstante eso, todas las fianzas y seguridades recíprocas de sus adquisiciones, no le han podido asegurar otra posesión que la de un espacio pequeño, capaz de cubrirse con un par de sus escrituras… ¡Oh! ¡Y a su opulento sucesor tampoco le quedará más!
HORACIO.— Verdad es, señor.
HAMLET.— ¿No se hace el pergamino de piel de carnero?
HORACIO.— Sí, señor, y de piel de ternera también.