Julio César
Julio César 
Roma. Una calle.
(Entran Flavio, Marulo y una turba de ciudadanos.)
FLAVIO.—¡Largo de aquÃ! ¡A vuestras casas! ¡Gente ociosa, marchad a vuestras casas! ¿Es hoy dÃa festivo? ¡Qué! ¿Ignoráis, siendo artesanos, que no debéis salir en dÃa de trabajo sin los distintivos de vuestra profesión? Habla, ¿qué oficio tienes?
CIUDADANO 1º.—Carpintero, señor.
MARULO.—¿Dónde están tu mandil de cuero y tu escuadra? ¿Qué haces con tu mejor vestido? Y vos, señor mÃo, ¿de qué oficio sois?
CIUDADANO 2º.—Francamente, señor; comparado con un obrero fino, no soy más que, como si dijéramos, un remendón.
MARULO.—Pero ¿qué oficio es el tuyo? ¡Contéstame sin rodeos!
CIUDADANO 2º.—Un oficio, señor, que espero podré ejercer con la conciencia tranquila, pues, en verdad, es el de reparador de malas suelas.
MARULO.—¿Qué oficio, bribón? Bribonazo, ¿qué oficio?
CIUDADANO 2º.—Os lo ruego, señor, no os descompongáis; sin embargo, si os descomponéis, podré componeros.
MARULO.—¿Qué quieres decir con eso? ¡Componerme tú a mÃ, bergante!
