Julio César
Julio César Campo cerca de Sardis. Ante la tienda de Bruto.
(Tambores. Entran Bruto, Lucilio, Lucio y soldados. Los acompañan Titinio y PĂndaro.)
BRUTO.—¡Alto, eh!
LUCILIO.—¡Dad la seña, eh! ¡Y alto!
BRUTO.—¡Qué hay, Lucilio! ¿Está cerca Casio?
LUCILIO.—Está al llegar, y PĂndaro ha venido a saludarnos de parte de su señor.
BRUTO.—Me saluda amistosamente. Vuestro amo, PĂndaro, sea por propia mudanza, o por mal consejo de sus oficiales, me ha dado motivos suficientes para ansiar que ciertas cosas hechas se deshicieran; pero si está tan prĂłximo, me explicarĂ© con Ă©l.
PÍNDARO.—No dudo que mi noble señor aparecerá tal como es, lleno de discreción y honorabilidad.
BRUTO.—No se duda de él. Una palabra, Lucilio. ¿Cómo os recibió? Que yo lo sepa.
LUCILIO.—Con bastante respeto y cortesĂa; pero no con las mismas pruebas de familiaridad ni con aquel libre y amistoso trato que antes le eran habituales.
