La fierecilla domada

La fierecilla domada

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CATALINA:

Pues bien, haced como os plazca. En cuanto a mí, no partiré hoy, ¡no! Ni mañana. Ni antes de que me dé la gana hacerlo. La puerta abierta está, señor mío; el camino ahí le tenéis. Podéis trotar hasta que vuestras botas no puedan ya más. Pero yo no partiré más que cuando se me antoje hacerlo. Un hombre que desde el primer momento se muestra tan bruto y tan grosero, ¡de veras que promete ser una alhaja de marido!

PETRUCHIO:

Ea, Lina querida no te enfades, te lo ruego. Echa lejos de ti el mal humor.

CATALINA:

¡Me da la gana enfadarme! ¿Qué diablos tenéis que ir a hacer?

En cuanto a vos, padre, puedes estar tranquilo. Esperará hasta que a mí se me antoje.

GREMIO: (A Bautista.)

Esto ya es otra cosa, caballero. La cólera de Catalina empieza a producir su efecto.

CATALINA:

Señores, ¡a la mesa todos! Ya veo que se puede hacer de una mujer un espantajo si no tiene el valor de resistir.

PETRUCHIO: (Con violencia tremenda.)


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